Si la ética es, o debería ser, condición necesaria en el ejercicio cotidiano del periodismo (en realidad, de cualquier actividad); el imperativo deontológico se vuelve imprescindible en situaciones de emergencia como la actual expansión del CoVID-19.

Un vistazo a la cobertura de la epidemia en Italia hace dudar si los informadores han estado a la altura de las circunstancias. La relevancia de los acontecimientos, su impacto macro y microeconómico y el efecto en las vidas cotidianas de millones de personas, evidencia la importancia crucial de no rebajar los estándares de rigor en lo que no deja de ser un servicio público importantísimo, la información.

El caso italiano: de los primeros contagios al estado de emergencia

En Italia, la primera alarma salta con dos turistas chinos contagiados en Roma. Es el 29 de enero. Apenas 6 días más tarde, se informa del ingreso hospitalario, también en Roma, de un italiano expatriado de Wuhan. La situación comienza a agravarse el 21 de febrero con la multiplicación de casos en un municipio lombardo de poco más de 15.000 habitantes, Codogno. La expansión por toda la Lombardía y el Veneto, que en principio parece controlada, será en cuestión de semanas prácticamente incontrolable. Los diarios, off y online no contribuyen a minimizar la sensación de caos, sino al contrario.

Entre final de enero y marzo, la información periodística se mueve entre el triunfalismo y una obsesión, casi obscena por el ‘tiempo real’ a la hora de actualizar datos de contagio. Junto a la noticia de las investigadoras que aíslan el virus (y días más tarde declinarán la invitación al festival, musical, de San Remo con una argumentación muy seria que se hace ‘viral’ en las redes sociales… ) proliferan las infografías que muestran mapas cada vez más invadidos por `zone rosse’. El virus acapara un porcentaje de contenidos informativos cada vez mayor (todo el primer tercio de páginas en la prensa local, en la semana del 17 de febrero).

Los casos de timos y picaresca, la multiplicación de incidentes racistas que el propio presidente de la República, Mattarella, trata de frenar con visitas colegios chinos, se mezclan con fotografías catastrofistas y columnas apocalípticas junto a otras profundamente despreocupadas, los mensajes abiertamente contradictorios (“es menos importante que una gripe” / “es la pandemia que diezmará Europa”) y la proliferación de pseudoexpertos, a menudo cuestionablemente cualificados, completa un mix de sobreinformación en constante ‘aggiornamento’, que aturde a los lectores y genera situaciones extremas entre la histeria y la desconfianza (hacia las autoridades y los propios medios, que parecen anunciar cada vez con más ímpetu sus suscripciones digitales de pago). ¿El principal problema? Es difícil distinguir la fuente autorizada de la ‘bufala’ (la fake new).

Prensa italiana (fotografía no actual)

El Gobierno, en comparecencia de Conte (24 febrero), emite mensajes poco tranquilizadores, señalando errores humanos en Codogno (uno de los principales focos de transmisión) y parece fracasar en el intento de dar una respuesta coordinada para las regiones (Las Marcas, por ejemplo, decretan cierre de escuelas, etc, el 25 de marzo y el Gobierno denuncia esa decisión, el Tribunal la invalida -vuelta al cole- dos días más tarde -27 febrero-, solo para que esa misma noche la región marchigiana establezca unilateralmente un cierre generalizado de centros de enseñanza de dos días -hasta la próxima reunión nacional- que, abre los colegios y los cierra… colegios, lugares de cultura, etc, pocos días después, miércoles 4 de marzo).

Algunos ayuntamientos, notoriamente el de Milán, en un intento de sostener la industria turística y del espectáculo lanzan una campaña que hoy parece irrisoria #milanononsiferma (Milán no se para) que añade leña al fuego de la esquizofrenia informativa.

Además, en un crescendo de ruido y desinformación, los diarios, incluso los más reputados, parecen más empeñados en subrayar los errores de las instituciones y en promocionar sus ediciones de pago, que en cumplir su servicio público de mantener informada de manera responsable a la población. El descrédito tiene efectos claros en la respuesta de la ciudadanía que, porque no se fía, pone en riesgo la cadena de abastecimientos acaparando productos no perecederos en los supermercados, presume en redes sociales de mantener una vida social normal (que incluye aglomeraciones en bares, clubes, mercados al abierto) y no contribuye a limitar la expansión con una movilidad -con viajes nacionales e internacionales- que, a día de hoy, se han demostrado altamente contraproducentes.

La falta de ética periodística y la avidez de lectores se hace evidente en la filtración del decreto Conte en la noche del 7 al 8 de marzo, que establece las zonas rojas de contención del virus (hoy, 10 de marzo, es zona roja toda Italia), con medidas excepcionales muy severas. Esta filtración (el primer diario que publica es il Corriere, a las 20, y en minutos llevarán la noticia todas las grandes cabeceras italianas y europeas, salvo Il Post, que se niega a publicar una noticia de tal relevancia sin confirmación oficial) conducen a la fuga masiva de estudiantes, expatriados y residentes de Milán, en unas imágenes de la estación realmente impactantes.

Mientras la prensa italiana, ahora, se mueve entre el elogio a la política italiana por parte de la OMS y la constante actualización de los datos mundiales, y las redes se vuelcan en el #iorestoacasa… se espera, de la prensa española, que actúe con mayor profesionalidad, en la gestión informativa de la emergencia sanitaria, ‘in parole povere’, que lo haga mejor.

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